Los malditos amantes

Genio Tropical presenta una selección de textos poéticos del libro ‘Los malditos amantes’, de Leo Castillo, poeta del Caribe colombiano.

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Los amantes, obra de 1928 del pintor surrealista René Magritte. 

-Empalado en un rayo

Tus dedos tocan tus dedos
tus ojos tus ojos ven
escuchando te escuchas
tu piel siente para ti.

El tajo de luz del medio día
hiende la creación:
la noche de anoche
la noche que vendrá.

Nada tan inmenso como un cocuyo
nada tan leve como el cosmos
a sí mismo sostenido entre tus manos titilando.

Desde el panorámico de los autos la luna
a través del ventanal
se pega al techo a frotarse el vientre.

Bocarriba en la soledad
ella
hacia ti
bocabajo baja.

Te vas
luego
con tres azotes de luz.

-Primera carta del camillero de la morgue a Caroline Lamassone

“De repente mis cuerpos cavernosos estallaban casi. Me puse tan sólido como un bolillo de guayacán. Unas literalmente yemas en llamas, de tal manera febriles y temblorosas que sostendrían el adjetivo febricitantes, me sacaron del pantaloncillo, operación que hallé fugazmente hiriente debido a los dientes de la cremallera. Mi ojo único —yo, el Cíclope— avistó la vulva, cuyo acceso simulaba apenas la brillante y suave pelusa color fuego de la catira, hendida por la línea de sombra de la tanga negra.

“Me sentí avanzar, endurecer aún más, y los ávidos dedos separaron los labios mayores para franquearme el acceso. Mi ojo se hallaba dilatadísimo, así que experimenté la bizarra convicción de que alumbraba. Entonces di de cabeza en la redecilla del himen que me impedía penetrarte, querida señorita Lamassone. Faltaba lubricación, pero bastó cierta presión y la estrechez hizo exultante, vigorosa mi vitalidad, favorecida por el intenso roce sin innecesarios lubricantes. Accedí la vagina más apretada de que tengo memoria. Alcancé el lugar más profundo (Sancta Sanctorum) más enhiesto que nunca, celebrando la magnífica fricción. Cada embate hasta el fondo desarrollaba mis venas, más, y más, hasta coronar en el paroxismo, sacudido y convulso. Justo entonces sentí el vigoroso chorro de esperma hirviente quemándome en su fiera precipitación la uretra. Eyaculé como un caballo, un Amazonas, Lamassone, de lava en avalancha.

“Luego fui suavemente retirado, frotado por los febriles dedos que me exprimían restos de semen; agüita, jabón, la áspera tela del pañuelo, insufrible en mis extremas condiciones de sensibilidad…

“Bien. Volví al interior; fui cayendo en un letargo, tal pasividad en que alcancé apenas a escuchar remotamente (¿lo soñé?) el diálogo antes de dormirme profundamente:

“—¡Camillero!

“—Diga, doctor.

“—Lleve el cadáver de esta niña a la sala 8 para autopsia.

“—Ya mismo, doctor.

“—Oiga, camillero, por allí se comentan cosas poco divertidas sobre usted, medio en broma, imagino.

“—¿Qué se dice, doctor?

“—Perdone, pero le llaman el ‘Contemplativo de la Muerte’, y hasta ‘Culeamuertas.’ ¿Cuántos años tiene usted, camillero?

“—Cumpliré 18 el jueves.

“—Vaya, un culicagado… ¿No le da usted miedo el turno nocturno de la morgue?

“—No, doctor, amo más que nada el silencio acompañado de mi oficio.

“—Verdaderamente se expresa usted como un cabal necrófilo. No me diga que son ciertos los comentarios de los compañeros.

“—Ciertamente, doctor, hay cadáveres tan bellos…

“—Como éste, ¿no? Debe tener acaso 15 años esta niña; los senos aún no terminaron de crecer. Todo parece indicar que se envenenó con Baygón por otro sardino que le mezquinó el amor. Murió, pues, despechada. Una verdadera lástima.

“—Así es, doctor, ¡quién quita que en la muerte encuentre amor!

“—¿Cómo dijo, camillero?

“—Nada, doctor, que asearé el cadáver y ya mismo se lo llevo a la sala para autopsia.

“—Dese prisa, camillero. Ya casi amanece”.

Querida Caroline: éste es el relato que de la por siempre inmortal primera noche nuestra, te narra mi pene,

te amo.

-Ajenamente azul

Tocar a una puerta impone cómos y cuándos
astucia para amordazar tácticamente la dignidad
una puerta es una cosa rotunda y maciza
que casi no cede a las mondaduras en las roídas rodillas.

Tocar una puerta como salir de caza
con la pólvora mojada de nuestra fe
baba canina resbalada
nuestra mirada.

Toco a tu puerta que mezquina entreabre
climatizada la delgadísima brecha de tu desconfianza
accedo
soy engullido y sin digerir
me vomitas ya fermentado.

Toco en ti la certeza de estar con nadie
doy en la mitad de mi orfandad de la especie
retomo la acera mía
pateo una lata que resonante rueda
hasta la trampa de la alcantarilla
zampado el puño
en el bolsillo sin fondo
silbo una canción que quiere decir:
“la tarde ajenamente azul.”

-Réquiem por un insecto

Cuando por fin murió Gregorio
la asistenta voceó la nueva de esta manera:
—¡Ha reventado
ahí lo tienen
lo que se dice reventado!

Gregorio yacía en el piso
entre hilazas, polvo y desperdicio.

Todavía la noche anterior Grete su hermana
hablaba de la apremiante necesidad
de deshacerse de tal carga
de este insecto cuanto antes.

Entre tanto sin fuerzas
y mal herido por la manzana
que se pudre clavada en su espalda
el agonizante Gregorio escuchaba sus palabras.

Al alba
Gregorio entrega el alma
no menos adolorida que su cuerpo inútil
y de tan numerosas patitas
que no logran sin embargo
mantenerlo en pie.

Ha muerto Gregorio
—¡Ha reventado
lo que se dice reventado! —vocea la asistenta
mientras yo cierro mi libro, corro
y aseguro mi puerta
para amordazar a solas un sollozo inminente.

¿Cómo no haber amado
a este inocente monstruo arrinconado?

-Los malditos amantes

De nosotros, seres de nadie
indefensos de soledad
se burlan esa sonrisa a cuatro labios
y la convergencia de los cuerpos en toda delicia
de los malditos amantes.

Para los malditos amantes las felices canciones
la cucharadita en los labios del helado de vainilla
las nubes y el vino
estos cielos puros, esta vida azul.

Se burlan
de nuestras agrias batallas humanas
los malditos amantes sin heridas de consideración
sin miserias existenciales que empañen
el paisaje rosa y violeta de sus dichas.

En nuestras narices los malditos amantes
cierran la puerta del abrazo
nos dejan fuera, con el frío
estas mariposas en llamas
estos imbéciles y bellos ángeles de indiferencia.

De los malditos amantes la miel de la materia
el reino de los sentidos
nuestros
la soledad y toda la mierda de este mundo
el Exilio.

-La vida es bella

Canción de cuna para arrullar a Eva Durán

No poder defecar toda la tarde sin acceso a un cuchitril, torturado por la amebiasis.

No poder echar el miserable cuerpo a descansar de todo y a la conciencia, de todos, de mí.

Martirizado por la amargura ante la impotencia de aliviar hambre tan fiel como mi propia sombra.

Fustigado por la vigilia en indigencia perfecta.

La lágrima y los escalofríos del dolor de ser (Leo Castillo.)

El temor y el temblor maldiciendo a Dios, a la puta que me malparió y a la vida.

El encono, la irritación contra el mundo, odiando a los hombres desde la planta de mis pies hasta la más remota de las estrellas.

La compulsión de adelantar el suicidio.

Sentirse nadie célula por célula.

La vastedad profunda de ser un perro solo y maldito en el vacío del cosmos y del corazón.

Leo Castillo: escritor, filólogo, traductor y corrector de estilo. Es autor de los libros ‘Instrucciones para complicarme la vida’ (poesía), ‘Labor de Taracea’ (novela) ‘Convite’ y ‘Al alimón Caribe’ (cuentos); ‘Historia de un hombrecito que vendía palabras’ (Fábula); ‘El otro huésped’ y ‘De la acera y sus aceros’ (poesía). Los poemas publicados hacen parte de ‘Los malditos amantes’, obra publicada en 2014.

 

 

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