‘Siete cabezas’ piensan menos que una

En una no tan lograda apuesta de cine de autor, el más reciente filme del director colombiano Jaime Osorio termina por extraviar a sus espectadores por el oscuro bosque de la ambigüedad narrativa.

73D0C9EC-25B5-47AF-BE50-B731A950CFA9.jpeg
Póster de Siete cabezas, filme de Jaime Osorio.

Por Héctor Romero

El director de cine colombiano Jaime Osorio adquirió cierto renombre nacional cuando debutó con El Páramo (2011), película que curiosamente veía el conflicto armado desde los clásicos lineamientos del terror cinematográfico. El realizador proponía una acertada combinación de historia bélica con soldados enfrentando un mal desconocido, todo esto bajo una atmósfera aislada, muy típica del género, lo que lo llevó a reproducir efectos previsibles, pero dando prueba de la solidez técnica de los creadores que lo acompañaron en el filme. La más reciente obra de Osorio, Siete cabezas, acoge nociones expuestas en su opera prima a las que ahora alude desde una postura íntima. Nuevamente Osorio elige un enigmático drama, con personajes solitarios que se ven afectados por un progresivo desequilibrio psicológico.

Una vez más los escenarios naturales aislados asoman como una cualidad de su narrativa y con ellos un ambiente denso, producto del mismo entorno. La película se maneja en un territorio de extrañeza familiar. El clima y el magnetismo del paisaje, escenificado en su mayoría en el páramo de Chingaza, concede un aspecto sobrenatural a medida que la historia se va desnudando.

Hasta este lugar llega Camila, una bióloga en estado de embarazo y su pareja, enviados a desarrollar una investigación sobre la inexplicable muerte masiva de las aves del parque natural. A su compañía se suma Marcos, el guardabosques, un sujeto igualmente misterioso que guía a la pareja en su pesquisa.

Desde su apertura la película instala el signo de interrogación como marca registrada y una serie de preguntas emergen sin dar tregua: ¿quiénes son los protagonistas de la historia, y en especial, dónde situamos el eje narrativo de ésta?: ¿en la relación de los biólogos?, ¿en torno a la vida del guardabosques?, ¿o acaso en la trama de los animales muertos?

Es posible que la intención del relato sea menos convencional que estas preguntas y exista el objetivo fiel de configurar una obra desigual, exenta totalmente de personajes principales y enmarcados dentro del relato coral; pero en Siete cabezas el asunto no toma esta ruta, lo que parece dejar al espectador huérfano de un personaje central con el cual identificarse y profundiza la ambigüedad de en apariencia personajes principales tales como el guardabosque, de quien desconocemos el verdadero motivo de un extraño padecimiento cuyos motivos parecen oscilar entre cuestiones espirituales vinculadas a la Biblia y una rara enfermedad mental.

La insinuación de que existe un mal latente queda expuesta con toda claridad a medida que se desenvuelve la historia. El filme dosifica a cuentagotas la presencia de dicho peligro y la alteración del ambiente, y cómo la pareja de biólogos va escapando de su rutinaria cotidianidad para entrar en zonas más oscuras. Es un descenso anunciado que nunca toca fondo; cierta espera que no se soluciona hace que la cinta pase de la violencia muda del terror al melodrama, a medida que el condensado misterio empieza a diluirse en cuestiones triviales que se apartan de su propia esencia dramática.

1A62B8FF-AE0E-4F9F-A1C6-6A7E8F5B354C.jpeg
Jaime Osorio, en acción en el plató.

El director pretende imprimir valores característicos del cine de autor, induciendo largos y silenciosos tiros de cámara, acompañados de escenas circulares con momentos que profundizan en reflexiones personales. Hay una inestabilidad visual que destruye toda estética y la cámara no consigue trasmitir una narración justa que se acople a un estilo definido. Como un monstruo de siete cabezas que pelea consigo mismo, el filme lucha en la disyuntiva entre imprimir un enfoque personal o uno impersonal. La ambientación elaborada, acorde al género de suspenso, evade aparatosos efectos especiales, lo que debe reconocerse como uno de los pocos logros de la producción.

Siete cabezas no logra desplegar su narración y todo intento de interpretación queda enlodado dentro de un pantano de conjeturas que a duras penas alcanza a descifrar el espectador. Su error argumental es ocultar demasiado las piezas del rompecabezas y entregar engañosas pistas para fomentar la atención y la forzada seducción del público. Realmente podríamos sugerir que la verdadera película transcurre, únicamente, en la cabeza de sus protagonistas.

Héctor Romero: (1987). Escritor de cine. Curador y programador del Festival Internacional de Cortometrajes ‘Cine a la Calle’.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s