Tres informes de Carnaval

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Speaker Head / Nikaz Dezignz / Flickr

Rock, frías y sexo, en un fragmento de Tres informes de Carnaval, obra ganadora del Premio de Novela Distrito de Barranquilla. La ñapa: una entrevista con Fabián Buelvas, su autor.

Por Fabián Buelvas

Conocí a Lucía antes que a Edgar Gonzo.
Fue en un concierto de rock. El lugar no era más que el patio grande de un restaurante que por las noches se convertía en tomadero de cerveza. El dueño del sitio había tenido un bar de igual nombre en años anteriores, lo cerró, dicen, por problemas emocionales que lo dejaron al borde del suicidio. Ahora es un hombre viejo, diría que hasta más pequeño, repitiendo su vieja historia por voluntad propia.
Llegué temprano. El bar tenía pocas mesas y no quería estar de pie cuando el concierto empezara. Héctor y Amelia me acompañaban. Héctor es un chico gordo y algo calvo que habla de todo sin que se lo pidan y Amelia, Amelia no. Pedimos cerveza y esperamos. Un proyector pasaba videos de Manu Chao, Nirvana, Nickelback y Mr. Big. Héctor, sin preguntárselo, me aclaró quién era Mr. Big: dijo que tenían un par de canciones buenas y un cover de Cat Stevens. Amelia tomaba su cerveza a grandes tragos y parecía nerviosa, qué te pasa, dije, nada, es que ahí está el mancito con el que salí, dijo. Un tipo alto, flaco, con cara de cadáver, camisa negra, jeans ajustados y un fedora que cubría a medias su afro. Se conocieron hace un par de meses y las cosas no pasaron de ser para ambos un juego. ¿Sí estás bien?, dije, sí, es solo que me voy en risas cuando lo veo, no soy muy buena disimulando, dijo, pues toma más cerveza, eso hará que mires para todas partes y mal, dije, no es eso, es que no es normal, no debo andar sufriendo por hombres, la risa es puro nerviosismo, dijo, pero no dejas de hacerlo, este no es el primero, ¿por qué no te cuadra ningún hombre?, dije, es que quizá tengo expectativas muy altas, dijo, ¿y qué pasa con eso?, dije, no sé, creo que lo hago para fracasar, sufrir y sentir que estoy viva, dijo.
El bar empezó a llenarse. Era casi medianoche y los músicos probaban los instrumentos. Las voces de la gente se fusionaban con la brisa y la música creando un ruido total, ubicuo. Nuestra mesa estaba repleta de botellas vacías y yo veía el rostro de Héctor, redondo, blanco, su boca se movía, hablaba de algo, no sé qué, se dirigía hacia mí y se reía. Y yo reía. Por fin la banda comenzó a tocar. Yo solo veía un guitarrista con un parlante en la cabeza, un jodido parlante negro que se atravesaba entre él y yo. Quise moverme pero las sillas a mi lado lo impedían, el chico parlante tocaba y daba las gracias, presentaba al bajista y al baterista, la gente les pedía canciones de sus viejos trabajos musicales.
Héctor fue por otra ronda de cervezas. Amelia tomó mi mano, me dijo que perdonara su aburrimiento, que la distancia, que el tipo, y ya está, no tengo ningún problema, un amor malo siempre termina siendo del público, de los amigos que escuchan y no entienden, no importa, así estaba bien. Mejor era ver al chico parlante, imaginarlo como si esa fuera su cabeza, el extraño caso del chico cabeza de parlante, dirían. Aparecería en la prensa sensacionalista: Chico con cabeza de parlante vive en Barranquilla, ese sería el título en primera plana con letras rojas y la foto a color de un afligido chico parlante, incapaz de comprender su suerte. Luego de algunos días un empresario anónimo ofrecería ayuda para pagarle una operación exclusiva y costosísima y el chico parlante se emocionaría, lloraría de felicidad en estéreo, abrazaría a sus familiares y agradecería a Dios y a la prensa por el auxilio. Con eso los espectadores darían por finalizada la historia del chico parlante. Años más tarde otro periodista, ya sin tanta parafernalia, escribiría una crónica: ¿Qué pasó con el chico parlante? Y una foto del chico parlante estaría allí como testimonio, sin operación y sin nada, triste, timado, maldiciendo su suerte, ¿cuál es tu sueño, chico parlante?, preguntaría la prensa, conocer a los jugadores del Junior, respondería la prensa. Y así cumpliría un sueño no soñado, más accesible: tendría una camiseta con un cuello anchísimo firmada por toda la nómina juniorista de turno. El chico parlante agradecería con su voz de tenor el afecto que aún le profesa la gente luego de tantos años, que le recuerdan por lo que es y no por lo que no llegó a ser, entendería que una cabeza lo haría un tipo más en el mundo, comprendería mejor su destino, la importancia de tener un parlante para no morir en el olvido. Mañana será el lanzamiento de su biografía, dentro de un mes abrirán una escuela con su nombre, Normal Superior El Chico Parlante, el mismo homenajeado cortará la cinta el día de la inauguración. Estará allí radiante y sonoro, pensando que la mueca que ahora tiene por sonrisa no es tan fingida.
Héctor regresó con tres cervezas y una chica. Dijo llamarse Candy, se sentó en nuestra mesa y acabó con dos tragos la bebida que tenía en su mano. Sacó de su bolso una cámara fotográfica y apuntó hacia la banda.
– Desde aquí parece que su cabeza fuera un parlante, ¿no?– dijo ella.
Pasé por alto el comentario, no quería conversar con nadie. Héctor intentaba atraerla, le comentaba sus impresiones del concierto, ella decía, sí, sí, y seguía tomando fotos. Entre más distraída estaba, más hablaba él. Pensé en lo patético que se veía. La banda terminó de tocar luego de una hora, la gente seguía pidiendo canciones mientras los músicos bajaban de la pequeña tarima. Candy guardó la cámara.
– ¿Te gusta la banda?
– No.
– ¿Y las fotos?
– Son para Edgar.
– ¿Edgar?
– Preguntas mucho, Héctor.
Entendió de inmediato. Terminó su cerveza e intentó entablar conversación con Amelia, quien ya parecía estar de mejor humor, o al menos en otra etapa de su pequeña melancolía. Celebré para mis adentros que alguien lograra que Héctor comprendiera el mensaje que yo intenté darle con mi indiferencia toda la noche. La amabilidad de Héctor es sospechosa, como si en un momento dado fuera a cobrar cada uno de los favores que ha hecho y nadie podrá negarse, eso sería muy hijueputa, así que hacerle un desplante es difícil.
– Gracias por la cerveza, Héctor. Ya me voy, me esperan– dijo, mientras miraba las ventanas del edificio de al lado.
Arriba, desde el tercer piso, un hombre filmaba el concierto. Candy le hizo un ademán con su mano derecha, él dejó de grabar y se retiró de la ventana.
Héctor y Amelia estaban peor que cuando llegamos: el uno frustrado y la otra deprimida. Lo de ambos, lo sé, es pasajero aunque recurrente. Amelia volverá a sufrir y Héctor verá nuevamente cómo se hacen añicos sus ansias sexuales sin ser capaz de detectar lo que hace mal.
Tomé la última cerveza de la noche (lo que sigue lo recuerdo bien, por desgracia. Es una falacia creer que se puede finalizar algo, que hay un límite para lo que acontece. Nada acaba: se suspende, si acaso. Es el tiempo –otra mentira– lo que usamos para dar por terminado aquello que queremos que termine. Lo que supuse era mi última cerveza fue el inicio de un ciclo de cientos de cervezas más, unidas a un propósito que comprendía a ratos mientras bebía). Amelia y Héctor se habían levantado de la mesa y hablaban con alguien, un conocido de ellos quizá. Pedí que me esperaran mientras iba al baño. El espacio no era más grande que el de un baño hogareño con orinal incluido. Cerré los ojos y apoyé la cabeza sobre la pared mientras descargaba. Todo me daba vueltas, podía sentir cómo el lugar se movía lentamente. Escuché un ruido leve, un chasquido metálico. Una puerta que se cerraba.
Cinco segundos son suficientes para que una chica te empuje contra la pared y se lleve tu verga a la boca. Se necesitan seis minutos para correrte en su boca y un instante para saber que es Candy quien te la chupa. Las personas giran el pomo de la puerta, quieren entrar, no pueden. No importa, te la están chupando. Candy, agachada, te mira de reojo. Sonríe mientras te masturba. Chupa, masturba, sonríe. Levantas la cabeza, miras el techo, ella comprende tu mensaje y se la lleva a la boca de nuevo. Candy se levanta, escupe tu semen en el lavamanos. Le preguntas por qué lo hizo. Es una pregunta estúpida, dice, lo hice porque me dio la gana. Y mi nombre, cariño, es Lucía.
Ella sale del baño, tú te subes los pantalones. Dos tipos entran, te miran con complicidad, casi parecen decirte lo siento, loco, no quise interrumpir.
Me lavo la cara y salgo. Afuera del lugar me esperan Héctor y Amelia.
– ¿Por qué tardaste tanto?– pregunta Amelia.
– ¿Me demoré mucho?
– Como diez minutos. Te arreglas más que una vieja.
Afuera la noche es fría. Al frente hay un parque lleno de prostitutas. Pienso que quizá Lucía está allí. Reviso mi billetera, tal vez cobró durante la faena. Dos de la madrugada: Héctor y Amelia cogen un taxi, yo me voy caminando. Mi dinero está completo.

Fabián Buelvas: joven escritor costeño nacido en Corozal, Sucre, en 1985. Textos y relatos de ficción suyos han sido publicados en las revistas El Malpensante y Latitud, de El Heraldo. Es autor del libro de cuentos ‘La Hipótesis  de la Reina Roja’ (Collage, 2017).

“Escribí una historia de sexo, amor y odio en medio de una conspiración secreta contra el Carnaval de Barranquilla”

El escritor costeño Fabián Buelvas habla sobre su más reciente novela, ‘Tres Informes de Carnaval’, en la mini entrevista de Genio Tropical.

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Fabián Buelvas, pluma costeña.

-Alberto M. Coronado: De qué trata Tres informes de Carnaval, la obra con la que ganaste el premio de novela Distrito de Barranquilla?
-Fabián Buelvas: Definir una obra propia es complicado: están protegidas por capas y capas de nuestro egoísmo. La historia es sobre un chico llamado Edgar Gonzo, que por asuntos familiares quiere destruir el Carnaval de Barranquilla a través de un pésimo plan que incluye exposición de pornografía casera y comunicados realizados por una organización clandestina que realmente no existe. Para ello recluta a Lucía, una mujer adicta de quien se enamora, y a Fabián, alguien sin iniciativa, también enamorado de Lucía. Los tres terminan metidos en una espiral de amor, odio, sexo y sadismo que lo único que hace es destruirlo todo. La novela es a tres voces. Eso en resumen, pero hay más cosas.

-A.M.C.: A primera vista la obra pareciera estar dirigida a un público joven, ¿a qué lector tenías en mente cuando escribiste esta novela?
-F.B.: Escribí Tres informes de Carnaval cuando tenía 26 años, de manera que lo que tenía en mente era a mí mismo luchando contra los inicios de una adultez que no me estaba cuadrando. Nunca pensé en un lector en específico, en parte porque considero que la literatura no puede clasificarse de acuerdo a edades. Lo que sí hay son ciertas angustias o conflictos generacionales que se resuelven en determinados periodos de la vida, pero eso no da para que una obra sea ubicada dentro de un periodo vital. ¿Podríamos decir que Hesse escribía para jóvenes solo porque a los jóvenes les gusta y les puede servir para construir ese armatoste que se llama identidad? ¿Y Poe, o Lovecraft?

-Define Tres informes de Carnaval en tres palabras
-Un jodido experimento.

-Cuatro obras que recomiendas leer a los lectores de Genio Tropical.
-Las cuatro que se me pasan ahora por la cabeza son El hombre en el castillo, de Philip K. Dick, porque es una distopía dentro de una distopía; cuentos de H. P. Lovecraft, porque hizo de lo desconocido el mayor terror posible; La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, porque hace que lo tradicional y lo moderno se junten y saquen chispas, y cuentos de William Saroyan, porque le dio voz a personajes marginados como niños, perros y exiliados.

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